La vida de un ser humano resulta afectada con constancia por diferentes sentimientos, actitudes, momentos que por ser variables pueden ser muy buenos, otras veces sólo buenos y también no tan buenos. Lo que realmente quiero decir con todo, es que el ser humano en medio de sus vivencias, placeres y disgustos siempre tendrá la necesidad de Dios.
Hay algo muy sencillo pero que podría tornarse a algunos como complejo, “dar gracias a Dios”. Dar gracias a Dios no sólo por aquello que nos da, que recibimos, con lo que nos llena el espíritu; dar gracias también por aquellas experiencias que si bien no son las más agradables sabemos que Él nos la permite sólo para nuestro bien. Dios quiere que crezcamos, que el viento algunas veces nos golpee más fuerte de lo que normalmente lo hace, todo para que veamos que Él es grande y que hace maravilla en nosotros.
Así, no sólo debemos dar gracias por esto o aquello, nuestra acción de gracias debe estar inserta en nosotros, debemos convertirla en una necesidad de nosotros para con Dios, una necesidad con la que le expresamos que Él es el Dios que habita en el corazón de cada ser humano. Sólo dar gracias es signo de que reconocemos que de Él venimos y que aunque somos frágiles, siempre vendrá con su amor de Dios.
Orar es hablar con Dios, es el diálogo conjunto entre personas que se conocen. Por tal razón si en ciertas ocasiones le hablamos a Dios para pedirle ante una necesidad, también debemos tomarnos el tiempo para agradecerle bien por aquello que hemos pedido y hemos recibido o simplemente darle gracias porque se ha hecho parte de nuestra vida.
Que no puedo hacer que nadie me ame, lo que sí puedo hacer es dejarme amar.
Que toma años construir la confianza, y sólo segundos para destruirla.
Que lo más valioso no es lo que tengo en mi vida, sino a quien tengo en mi vida.
Que rico no es el que más tiene, sino el que menos necesita.
Que debo controlar mis actitudes, o si no mis actitudes me controlarán a mí.
Que no es bueno compararme con los demás, pues siempre habrá alguien mejor o peor que yo.
Que el dinero lo compra todo, menos la felicidad.
Que los amigos de verdad son escasos, y quien haya encontrado uno tiene un verdadero tesoro.
Que soy dueño de lo que callo, y esclavo de lo que digo.
Que la felicidad no es cuestión de suerte, sino producto de mis decisiones.
Que dos personas pueden mirar una misma cosa, y ver algo totalmente diferente.
Gracias, Señor por ayudarme a crecer y enseñarme a vivir. Por. Aciprensa
Al principio veía a Dios como el que me observaba, como un juez que llevaba cuenta de lo que hacía mal, como para ver si merecía el cielo o el infierno cuando muriera. Era como un presidente, reconocía su foto cuando la veía, pero realmente no lo conocía.
Pero luego reconocí a mi Salvador; parecía como si la vida fuera un viaje en bicicleta, pero era una bici de dos, y noté que Dios viajaba atrás y me ayudaba a pedalear.
No sé cuando sucedió, no me di cuenta cuando fue, que Él sugirió que cambiáramos lugares, lo que sí sé es que mi vida no ha sido la misma desde entonces.
Mi vida con Dios es muy emocionante. Cuando yo tenía el control, yo sabía a donde iba. Era un tanto aburrido, pero predecible. Era la distancia más corta entre dos puntos. Pero cuando él tomó el liderazgo, él conocía otros caminos, caminos diferentes, hermosos, por las montañas, a través de lugares con paisajes, velocidades increíbles. Lo único que podía hacer era sostenerme; aunque pareciera una locura, él sólo me decía: "¡Pedalea!".
Me preocupaba y ansiosamente le preguntaba, "¿A dónde me llevas?" Él sólo sonreía y no me contestaba, así que comencé a confiar en él. Me olvidé de mi aburrida vida y comencé una aventura, y cuando yo decía "estoy asustado", él se inclinaba un poco para atrás y tocaba mi mano.
Él me llevó a conocer gente con muchos dones, dones para compartir y aceptar, ellos me dieron esos dones para llevarlos en mi viaje; nuestro viaje, de Dios y mío.
Y allá íbamos otra vez. Él me dijo: "Comparte estos dones, dalos a la gente, son sobrepeso, mucho peso extra". Y así lo hice... a la gente que conocimos, encontré que en el dar yo recibía y mi carga se hacía ligera.
No confié mucho en él al principio, en darle el control de mi vida. Pensé que la echaría a perder, pero él conocía cosas que yo no sabía acerca de andar en bici... secretos. Él sabía como doblar para dar vueltas cerradas, brincar para librar obstáculos llenos de piedras, inclusive volar para evitar horribles caminos.
Y ahora estoy aprendiendo a callar y pedalear por los más extraños lugares. Estoy aprendiendo a disfrutar de la vista y de la suave brisa en mi cara y sobre todo de la increíble y deliciosa compañía de mi Dios.
Y cuando estoy seguro que ya no puedo más, Él sólo sonríe y me dice: "¡Pedalea!". Por: bit.ly/16nOQV9
Padre, ha llegado la hora; glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a ti y que, según el poder que le has dado sobre todos los hombres, dé vida eterna a todos los que les has confiado. Y la vida eterna es que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y al que tú has enviado, Jesucristo. Yo te he glorificado en la tierra, llevando a término la obra que me encomendaste. Ahora, Padre, glorifícame tú, junto a ti, con la gloria que tenía contigo antes de existir el mundo.
He manifestado tu nombre a los hombres que escogiste del mundo y me los confiaste; tuyos eran, y tú me los has dado; y ellos han guardado tu doctrina. Ahora han conocido que todo lo que me confiaste viene de ti; porque les he comunicado las enseñanzas que tú me diste, y ellos las han aceptado. Ahora saben con toda certeza que salí de ti, y ya están convencidos de que tú me enviaste.
Yo te ruego por ellos: no te ruego por el mundo, sino por quienes tú me has confiado, pues son tuyos; todo lo mío es tuyo, y lo tuyo mío; y yo he sido glorificado en ellos. Ya no estoy en el mundo; pero ellos sí están en el mundo, y yo voy a ti. Padre santo, guarda con tu poder a quienes me has confiado, para que sean uno, como nosotros. Cuando yo estaba con ellos, yo los guardaba y los protegía con tu poder; tú me los confiaste, y ninguno se perdió, a no ser el que tenía que perderse para que se cumpliera la Escritura. Pero ahora voy a ti, y digo estas cosas cuando todavía estoy en el mundo para que tengan la plenitud de mi alegría.
Yo les he confiado tu doctrina; el mundo los odia porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. No te pido que los saques del mundo, sino que los guardes del mal. Ellos no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. Conságralos en la verdad: tu palabra es verdad. Como tú me enviaste al mundo, así también los envío yo al mundo. Por ellos yo me consagro a ti, para que también ellos sean consagrados en la verdad.
No ruego sólo por ellos, sino también por quienes crean en mí a través de su palabra. Que todos sean una sola cosa; como tú, Padre, están en mí y yo en ti, que también ellos sean una sola cosa en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado. Yo les he dado la gloria que tú me diste para que sean uno, como nosotros somos uno: Yo en ellos y tú en mí, para que sean perfectos en la unidad, y así el mundo reconozca que tú me has enviado y que los amas a ellos como me amas a mí. Padre, yo quiero que quienes me has confiado estén también conmigo donde yo estoy, para que vean mi gloria, la que me has dado, porque antes de la creación del mundo ya me amabas. Padre justo, el mundo no te ha conocido, pero yo sí te he conocido; y ellos han reconocido que tú me has enviado. Yo les he dado a conocer tu nombre y se lo seguiré dando a conocer, para que el amor que tú me tienes esté en ellos y yo en ellos.
Hace muchos años, en la ciudad de Luxemburgo, un capitán de la guardia forestal se entretenía en una animada conversación con un carnicero cuando una señora ya mayor entró a la carnicería. Ella le explicó al carnicero que necesitaba un pedazo de carne, pero que no tenía el dinero para pagarlo.
Mientras tanto, el capitán encontró la conversación entre los dos muy entretenida, "un pedazo de carne, pero cuánto me va a pagar por eso?" preguntó el carnicero. La señora le respondió, "perdóneme, no tengo nada de dinero, pero iré a Misa por usted y rezaré por sus intenciones". El carnicero y el capitán eran buenos hombres pero indiferentes a la religión y se empezaron a burlar de la respuesta de la mujer.
"Está bien" dijo el carnicero, "entonces usted va a ir a Misa por mí, y cuando regrese le daré tanta carne como pese la Misa". La mujer se fue a Misa y regresó. Cuando el carnicero la vio viniendo cogió un pedazo de papel y anotó la frase "ella fue a Misa por ti", y lo puso en unos de los platos de la balanza, y en el otro plato colocó un pequeño hueso. Nada sucedió e inmediatamente cambió el hueso por un pedazo de carne. El pedazo de papel pesó más.
Los dos hombres comenzaron a avergonzarse de lo sucedido, pero continuaron. Colocaron un gran pedazo de carne en unos de los platos de la balanza, pero el papel siguió pesando más.
Entrando en desesperación, el carnicero revisó la balanza, pero todo estaba en perfecto estado. "¿Qué es lo que quiere buena mujer, es necesario que le dé una pierna entera de cerdo?", preguntó. Mientras hablaba, colocó una pierna entera de carne de cerdo en la balanza pero el papel seguía pesando más. Luego un pedazo más grande fue puesto en el plato, pero el papel siguió pesando más.
Fue tal la impresión que se llevó el carnicero que se convirtió en ese mismo instante y le prometió a la mujer que todos los días le daría carne sin costo alguno. El capitán dejó la carnicería completamente transformado y se convirtió en un fiel asistente de Misas todos los días. Dos de sus hijos se convertirían más tarde en sacerdotes, uno de ellos jesuitas y el otro del Sagrado Corazón. El capitán los educó de acuerdo a su propia experiencia de fe. Luego advirtió a sus dos hijos que "deberán celebrar Misa todos los días correctamente y que nunca deberán dejar el sacrificio de la Misa por algo personal".
El Padre Stanislao, quien fue el que me contó todos los hechos, acabó diciéndome: "Yo soy el sacerdote del Sagrado Corazón, y el capitán era mi padre".
Un fuerte viento soplaba en una friolenta noche de marzo en las afueras de un pequeño hospital de Dallas, mientras el doctor entró en el cuarto donde se encontraba Diana Blessing. Ella aún estaba adormecida por la cirugía y su esposo David aguantaba su mano cuando el médico les comunicó el último informe de su recién nacida, la pequeña Danae Lu Blessing. La tarde del 10 de marzo de 1991, complicaciones habían forzado a Diana, con solo 24 semanas de embarazo (seis meses), a tener una cesárea de emergencia para que naciera Danae Lue, la nueva hija de la pareja.
La niña nació pesando solo una libra y nueve onzas y con solo 12 pulgadas de longitud. Los padres sabían que la niña estaba peligrosamente prematura, pero no estaban preparados para escuchar lo que la suave voz del médico estaba a punto de decir.
"No creo que podrá sobrevivir. Hay solo 10 % de posibilidad de que dure toda la noche y aunque sobreviva, su futuro será muy cruel. Nunca caminará o hablará. Posiblemente sea ciega. Será susceptible a enfermedades catastróficas como retardación mental".
"¡No, no, no!" era lo único que la madre podía decir. Ella al igual que su esposo David y su hijito Justin, de solo cinco años de edad, habían soñado por mucho tiempo en tener una hijita para así completar la familia con cuatro integrantes. Ahora en unas pocas horas, ese sueño estaba desapareciendo.
Durante las horas oscuras de la mañana, mientras la pequeña Danae Lue seguía luchando por vivir, su madre se dormía y despertaba pero con una creciente determinación no solo de que su pequeña hijita sobreviviría sino que sería una niña feliz y saludable. Sin embargo, David pensó que debía empezar a preparar a Diana para lo inevitable.
"Debemos empezar a hacer arreglos para el funeral," le decía él. Diana recuerda lo mucho que David intentó convencerla pero ella rehusó escuchar y le respondía: "no, eso no va a ocurrir. No importa lo que los médicos digan. Danae no va a morir. ¡Un día estará bien y regresará a la casa con nosotros!".
Como si la determinación y voluntad de su madre se estuviera imponiendo, Danae se mantuvo sujeta a la vida hora tras hora a pesar de estar rodeada por máquinas médicas.
Cuando pasaron esos primeros largos días de vida en los cuales parecía que en cualquier momento Danae dejaría de respirar, una nueva agonía tomó lugar. Por tener un sistema nervioso tan frágil y subdesarrollado, el beso más suave intensificaba la incomodidad de la pequeña así que ni siquiera los padres podían tenerla en sus brazos y ofrecerles de esa forma su amor y cariño. Todo lo que podían hacer mientras la pequeña yacía cubierta por rayos ultravioleta, tubos y cables, era orarle a Dios para que Él se mantuviera cerca de su pequeña. La niña siguió sobreviviendo aunque sin ninguna mejora drástica. También poco a poco fue aumentando de peso.
Al cumplir dos meses de vida, sus padres pudieron finalmente tomar a Danae en sus brazos por primera vez. Dos meses más tarde, a pesar que los médicos seguían pronosticando condiciones difíciles de vida para la pequeña Danae, ésta fue llevada a su casa con sus padres, tal como había su madre predicho.
Hoy, cinco años más tarde, Danae es una chiquita batalladora con brillantes ojos grises y con un insaciable entusiasmo por vivir. Ella no tiene ni los más leves síntomas de su incierto e improbable nacimiento y lucha por sobrevivir. Tampoco hay síntoma alguno de impedimento físico o mental. Es todo lo que una pequeña de cinco años debe ser y mucho más. Pero éste, está lejos de ser el fin de esta historia.
Una calurosa tarde en el verano de 1996, cerca de su casa en Irving, Texas, Danae estaba sentada en las piernas de su madre en las gradas de un terreno de béisbol donde Justin practicaba junto al resto de sus compañeros. Como siempre, Danae estaba hablando y sonriendo con su madre y algunos otros padres allí presentes.
Estaba sentada cuando de repente dejó de hablar, cubrió su pecho con ambos bracitos y dijo: "¿Puedes oler eso?" Su madre al oler el aire y notar que se acercaba una tormenta respondió: "sí, huele como a lluvia." La pequeña cerró sus ojos y otra vez preguntó: "¿Puedes oler eso?" Nuevamente su madre respondió: "Sí, creo que nos vamos a mojar, huele como a lluvia." Aún en medio del momento, Danae meneó sus delgados hombros y sus pequeñas manos y dijo en alta voz, "no, huele como Él."
"Huele como Dios cuando tu recuestas tu pequeña cabeza en su pecho."
Lagrimas empañaron los ojos de Diana mientras su hijita corría a jugar con los otros niños justo antes de empezar a llover. Las palabras de su hijita confirmaban lo que Diana y todos los miembros de la familia sabían, por lo menos en sus corazones: "que durante esos largos días y noches de los dos primeros meses de la vida de Danae, cuando sus nervios eran muy sensitivos para ser tocados y sus padres ni siquiera podían tocarla o abrazarla, Dios estaba cargando a la pequeña en su pecho y es su amorosa aroma lo que ella recuerda tan bien".
Por: bit.ly/13v7wDs Señor, tú no tienes manos, tienes sólo nuestras manos para construir un mundo nuevo donde habite la justicia. Concédenos, Señor, fortaleza y entrega.
Señor, tú no tienes pies, tienes sólo nuestros pies para poner en marcha a los hombres por el camino de la libertad. Concédenos, Señor, comprensión y estima.
Señor, tú no tienes labios, tienes sólo nuestros labios para proclamar al mundo la Buena Noticia de tu Evangelio. Concédenos, Señor, sabiduría y consejo.
Señor, tú no tienes medios, tienes sólo nuestra acción para lograr que todos los hombres sean hermanos. Concédenos, Señor, ser testigos de tu Evangelio.
Te lo pedimos a ti que eres Dios por los siglos de los siglos, Amén.